La cohesión social: continuidades y rupturas

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Se da una suerte de erosión progresiva y acelerada de los dispositivos que aseguran el lazo social, asumiendo dimensiones críticas. Los síntomas de esta crisis son claros: el confinamiento en lo privado, la anomia, la exclusión, el desempleo masivo, la desafiliación y la declinación de los sujetos políticos sociales, surgidos en el marco de la modernidad.
De Ipola

I. Introducción: El  trabajo que presentamos, pretende reflexionar en torno a  la problemática de la cohesión social, por si un tema por demás convocante tanto para el mundo académico, como político y de las organizaciones sociales, por sus implicancias y alcances. La sociedad actual,  presenta un profundo deterioro en los lazos sociales y de solidaridad, también expuesta a  riesgos[1] globales, que para  Ulrich Beck remiten a las crisis ecológicas; al deterioro ambiental; a las asimetrías sociales y económicas de los países; a los  riesgos del sistema económico-financiero internacional y todo ello, en un contexto a su vez, de complejidad e incertidumbre crecientes que caracterizan al mundo en el que vivimos.

El trabajo se estructura en torno a los siguientes aspectos: una breve caracterización contextual  para distinguir los rasgos más sobresalientes del presente;  relación entre  cohesión e inclusión social, democracia y desarrollo; el aporte de la Educación Superior frente a los nuevos desafíos que plantea el contexto y finalmente las conclusiones de tono ensayístico.

II. La sociedad en que vivimos

La cuestión social, difundida ampliamente hacia fines del siglo XIX, remitía, a los desajustes de la sociedad industrial en pleno desarrollo, que como sostiene Castel, la respuesta  a la misma fue el impuso de un conjunto de dispositivos para promover la integración  de las masas que habían quedado marginadas de los circuitos productivos, que amenazaba fuertemente  el sistema de solidaridades, que se asentaba en la reproducción de un orden fundado en la tradición y la costumbre.

En el siglo XX, la solidaridad, se convertía en la asistencia voluntaria a la sociedad por ella misma y el Estado social sería su garante. El siglo XXI  muestra el quebranto de las regulaciones puestas en obra en el marco de la sociedad industrial y conviven como sostiene Garretón, en el presente,  dos modelos societarios[2] . El modelo industrial, y la sociedad post-industrial, globalizada, interconectada o  interrelacionada o como se la prefiera nombrar, presenta cambios, rupturas, continuidades y discontinuidades.

La sociedad industrial, con un Estado fuerte, se organiza en torno al trabajo, la política, la producción. Tiene un centro o polis, desde donde se toman decisiones. El Estado ocupa un lugar protagónico. Es un modelo societario, con fuerte presencia de instituciones (escuela, familia, sindicato, parlamento, partidos políticos). Estas instituciones generan fuertes lazos de identificación y pertenencia. La escuela, el liceo, la universidad “son lugares donde se desarrolla la personalidad, se reproduce la herencia cultural, se producen y reproducen los conocimientos, se prepara para la ciudadanía y el trabajo” (Garretón, 1999). El Estado, a través de sus instituciones aparece como distribuidor de solidaridades. El trabajo como mecanismo de integración, cohesión social y  generador de movilidad social ascendente.

La sociedad post-industrial, se desarrolla en torno a la comunicación y al consumo y está atravesada por dos fenómenos: el proceso de globalización con implicancias políticas, económicas, sociales y la constitución de nuevas identidades: “múltiples, algunas rígidas y permanentes, otras evanescentes y efímeras, pero todas ellas irreductibles a las identidades tradicionales (cualquiera sea la vigencia actual de estas últimas)” (De Ipola, 1998).

El principio de cambio, avance o transformación de este tipo societal ya no es el desarrollo concebido como crecimiento económico y distribución de sus beneficios, sino algo más complejo y multidimensional que lo incluye pero lo sobrepasa y lo redefine, y que puede enunciarse tentativamente como la calidad de la vida o la felicidad. Pero la calidad de la vida y la felicidad no tienen una definición objetiva en indicadores ni tampoco estructuras y actores claramente establecidos como en el caso del crecimiento económico, ni tampoco un solo locus, cual es la sociedad nacional, sino que combina conceptos universales (la globalización de los Derechos Humanos) con las propias percepciones y aspiraciones de los muy diversos grupos humanos. Ello implica de nuevo un desafío para los actores sociales pues no es posible que uno sólo exprese o encarne este principio como el movimiento obrero o empresarial o el Estado podían expresar el principio de desarrollo económico. Así, junto a la integración y la igualdad, aparece como principio básico en este tipo societal la cuestión de la diversidad cultural y de la interculturalidad en una misma sociedad-polis. (Garretón, 1997)

Las transformaciones, también remiten a plantearse de manera inédita la cuestión de enfrentar la vulnerabilidad después de las protecciones, en “una sociedad que se vuelve cada vez más una sociedad de individuos” (Castel, 1997). La participación en colectivos en el modelo industrial, aseguraba la identidad social de los individuos y lo que Castel denomina la “protección cercana”.

El individualismo moderno, desafía todas las formas colectivas de encuadramiento y el modo de articulación del individuo y colectivo, que sin sacralizar, conservó el “compromiso social” hasta principios de la década de 1970. Hoy asistimos al desarrollo  de nuevos procesos de individualización, con efectos contrastantes: por un lado el individualismo positivo (autonomía, libertad, calidad de vida, felicidad) por el otro, el desarrollo de un individualismo de masas socavado por la inseguridad y la falta de protecciones.

Se trata, siguiendo a  Robert Castel, de una paradoja, cuya profundidad hay que sondear, uno vive más cómodo en su propia individualidad, cuando ella  está apuntalada por recursos objetivos y protecciones colectivas.

III. La cohesión e inclusión social, democracia y desarrollo

No hay una acepción clara y unívoca de los conceptos de cohesión ni de exclusión-inclusión social. Esta característica polisémica ocurre con muchas de las conceptualizaciones  que buscan explicar una realidad cambiante que apenas acabamos de comprender, por lo que abundan ramificaciones conceptuales, divergencias en los discursos y falta de conocimientos empíricos. También en este caso hay posturas disciplinarias y políticas diferentes.

Hay una relación intrínseca entre la inclusión social y la provisión de mecanismos de integración y plena pertenencia a la sociedad. Asimismo, el concepto de cohesión social tiende a verse absorbido por otros conceptos de género próximos, como la equidad, la inclusión social y el bienestar y a su vez se tienen estrecha vinculación con los conceptos de ciudadanía y democracia.  Precisamente inclusión y pertenencia o igualdad y pertenencia son los ejes sobre los que ha girado la noción de cohesión social en sociedades ordenadas bajo los preceptos del Estado de Bienestar.

Existen múltiples aproximaciones conceptuales de la cohesión social que dependen de cada sociedad y que se distinguen según el rol de los actores implicados, según las áreas a intervenir, los grupos de intereses y del modo escogido para desarrollar dicha cohesión. Decimos que la cohesión social es fruto de las interrelaciones entre individuos libres e instituciones privadas y públicas en un marco de normas y leyes reconocidas como legítimas por toda la comunidad. Particularmente las leyes relativas a los derechos sociales y políticos se encuentran ampliamente legitimadas y existe consenso social sobre su pertinencia.

La cohesión social se vincula  a su vez al concepto de exclusión-inclusión social a partir de las relaciones sociales que se genera entre individuos, grupos e instituciones. Son las interacciones sociales las que provocan la (in)visibilidad de ciertos grupos en  relación a la sociedad a la pertenecen.

La cohesión social aparece como un concepto orientador para avanzar hacia sociedades inclusivas, en las que se respeten y hagan efectivo tanto los derechos políticos como los derechos sociales.  En ese sentido, la cohesión social es también fuerte elemento de potenciación de la democracia, pues busca canalizar y potenciar el pleno ejercicio de la ciudadanía como condición democrática de la unión de la sociedad y de la autonomía de los individuos.

Debe tenerse en cuenta que muchas exclusiones y discriminaciones tienen raíces histórico-culturales. Pero en el contexto de los cambios generados por los procesos de globalización, la emergencia de nuevos modelos productivos, de nuevas formas de organización del trabajo, de nuevos modelos familiares y de la relación entre géneros, se producen nuevas fragmentaciones y condiciones de exclusión social.

En este marco de fracturas de la cohesión social donde los procesos de exclusión social son dinámicos y cambiantes  y los riegos de las personas de ser partes de esos procesos no sólo afectan a quienes viven situaciones de pobrezas, las tradicionales respuestas de las políticas públicas sectorizadas homogéneas y centralizadas no son adecuadas a esta nueva realidad. Los mecanismos de protección social centralizados en la asistencialidad o las acciones paliativas son una respuesta  limitada e insuficiente.   Los mecanismos de inclusión social debieran encaminarse a una lógica de protección social sustentada en los Derechos Económicos, Sociales y Culturales que influyen de manera positiva y perdurable en la cohesión social. Con esta impronta de derecho, las políticas sociales contribuyen a que los temores e inseguridades de las personas se reduzcan al tiempo que se previenen las vulnerabilidades y las discriminaciones que causan la exclusión y se actúa sobre ellas.

Es por ello, que la cohesión social se sitúa en la base misma de la democracia y apela a la búsqueda de lógicas de acuerdos entre actores e instituciones, buscando, a través de ellos los derechos de dar una plena expresión a las capacidades individuales de las personas, grupos sociales y organizaciones con el fin de evitar que ocurran formas de marginalización  y de exclusión mediante la reducción de los riesgos y vulnerabilidades.

En sociedades inclusivas, el sistema de derechos humanos es el que le da sustancia a todo el proceso de democratización. Como afirma Bobbio (1991) esta época es el “tiempo de derechos”, pues se ha producido en los ciudadanos una cierta cultura o consciencia de los derechos que no ha cesado de legitimarse. Ello pese a que usualmente se produce una distancia entre la declaración de la existencia de esos derechos y su concreción y garantías a través de políticas publicas específicas.

La cohesión social está sostenida en los vínculos entre las personas y las estructuras sociales. Implica lazos y unión, cuyas formas son diversas, múltiples, lo que hace que en las sociedades existan diversas formas y posibilidades de cohesión.

Es por ello que la búsqueda de un concepto claro y coherente de cohesión social corresponde a la necesidad de una sociedad que busca definir su propio modelo de desarrollo.

En este sentido la cohesión social se afirma antes que nada como un concepto político, que se plantea como objetivo poner en perspectiva un proyecto de desarrollo, teniendo como base una sociedad moderna que quiere ser legítima y perdurable como sociedad.

Es aquí donde la cohesión social se relaciona con un modelo de desarrollo humano y sustentable en sociedades que reconocen en los derechos humanos y la democracia los ejes fundamentales de su organización.   En este modelo de desarrollo se reconocen como elementos básicos a la equidad en el acceso, la dignidad individual y colectiva, el pleno ejercicio de los derechos ciudadanos y la participación en la vida colectiva.

IV. Aportes desde la Educación Superior

Teniendo en cuenta el contexto, que a modo de grandes pinceladas hemos caracterizado, donde como rasgos indiciarios aparecen: crisis en los lazos sociales, producto de la fragmentación y exclusión social; cambios en los patrones de desarrollo, convivencia de dos modelos societarios, el riesgo y la incertidumbre como sentimiento epocal.  Y habiéndonos introducido en el concepto de la cohesión social y su relación con la democracia y un modelo de desarrollo,  nos preguntamos:

¿Qué aportes desde el mundo académico, pueden construirse, en el marco del compromiso social de la universidad con la sociedad?

La realidad, nos interpela en tanto poseedores de un saber sobre lo social, pero esta interpelación encuentra sustento en la idea de que somos sensibles frente a lo social, a su movimiento. Siendo concientes, a la vez de que trabajar en tormo a los problemas que atraviesan las sociedades contemporáneas, implica demarcarlas en relación a un campo de significados (como intereses, en torno a determinados fenómenos) que orientan nuestra mirada y a la vez pone en juego el compromiso que se asume frente a la urgencia de respuestas para problemas acuciantes. Captar las situaciones desde una concepción de totalidad, exige un esfuerzo que atraviese lo aparente y logre articular abstractamente aquello que le da existencia y especificidad.(Larry Andrade)

La universidad, a través de sus funciones sustantivas como son la docencia, investigación y extensión tiene el compromiso insoslayable, de generar conocimientos que, puedan a su vez aportar a intervenciones fundadas. Desde el aporte de las ciencias, contemplando aspectos tanto epistemológicos, como éticos, en un contexto de profundas transformaciones, que requieren , como sostiene Andrade, de “forzar la mirada”… los fenómenos se dejan leer desde determinados ángulos, captarlos desde una concepción de totalidad, que exige un esfuerzo que trascienda lo aparente y logre articular abstractamente lo que le da existencia y especificidad”.

Desde esta perspectiva y a partir de su profunda  concepción democrática, autónoma, crítica y creativa, las Instituciones de Educación Superior deberán asumir el  compromiso para con la sociedad al promover la más amplia democratización del saber y del conocimiento en diálogo permanente con la sociedad, no sólo brindando su desarrollo académico, científico y tecnológico sino también interactuando con los diferentes actores sociales con el convencimiento -demostrado ya ampliamente- que la propia Institución se ve fortalecida en esta relación ya que le permite pensar y repensar las propias políticas académicas en sus propuestas de carreras de grado y postgrado, líneas de investigación y de extensión universitaria.

Sin lugar a dudas, la Educación Superior está en condiciones de realizar aportes significativos en términos de cohesión e inclusión social. No solo llevando adelante sus funciones sustantivas de docencia, extensión e investigación, con la calidad y la pertinencia que las caracterizan, sino que además articulando esfuerzos con el Estado y las organizaciones de la sociedad civil en el diseño, desarrollo y evaluación de políticas públicas que promuevan el desarrollo sustentable, el pleno ejercicio de los derechos humanos; el emponderamiento de la sociedad; la construcción permanente de ciudadanía; el fortalecimiento de los sistemas productivos; el impulso al desarrollo tecnológico y de los procesos de innovación y en especial, la profundización de los procesos de cohesión e inclusión social, sobre todo en aquellos sectores con mayor vulnerabiliadad social.

V.  A modo de reflexión

Como sostiene Pierre Rosanvallon, son los  principios básicos, organizadores de la solidaridad, los que se encuentran  interpelados. Es significativa la fragilidad del sistema de protecciones: crecimiento de los riesgos sociales, crisis del mundo asalariado, vaciamiento de espacios que otorgaban significación a las prácticas desplegadas por los actores sociales, como el Estado, el trabajo, los partidos políticos, los sindicatos.

Para Cornelius Castoriadis, las crisis del presente, no remiten a una crisis de valores, sino a una crisis del proceso identificatorio, ya que,  la creación de un sí mismo individual-social, pasaba por lugares que fueron mutando y no existe ninguna totalidad de significaciones imaginarias o no emerge ninguna, que pueda hacerse cargo de esta crisis de los apuntalamientos particulares. No existe una representación de la sociedad como morada de sentido y valor e inserta en una historia pasada y futura.

Se requiere de un esfuerzo intelectual aplicado al análisis de la realidad en su complejidad y una voluntad política de dominarla, imponiendo la claúsula de salvaguarda de la sociedad, que es el  mantenimiento de la cohesión social.

El poder público es la única instancia capaz de construir puentes entre los dos individualismos a los que hiciéramos referencia con capacidad de impulsar y sostener procesos de cohesión e inclusión social.  Las antiguas formas de solidaridad, están demasiado agotadas como para reconstruir bases consistentes de resistencia.

Se requiere de un Estado estratega que redespliegue sus intervenciones para acompañar este proceso de individualización, desactivar los puntos de tensión, evitar las fracturas y “repatriar” a quienes han caído debajo de la línea de flotación. Incluso un Estado protector, pues en una sociedad hiperdiversificada y corroída por el individualismo negativo, no hay cohesión social, sin protección social.[3]

Y es en este sentido. que las Instituciones de Educación Superior renuevan sus esfuerzos institucionales y académicos, tomando como referencia lo expresado en la Conferencia de la Educación Superior para América Latina y el Caribe (Cartagena de Indias, 2008) y en la Conferencia Mundial de Educación Superior (Paris, 2009), en contribuir de manera efectiva a superar todo tipo de exclusión,  marginalidad y  pobreza, con la firme convicción que sólo es posible alcanzar un desarrollo humano y sustentable si se logra construir una sociedad inclusiva y con plena cohesión social.

Bibliografía

Andrade, Larry (2006) (compilador) “Lo social: inquieto (e inquietante) objeto”. Editorial Miño y Dávila. Buenos Aires- Argentina

Beck, Ulrich (2008) “La sociedad del riesgo mundial”. Editorial Paidós- Buenos Aires.

Carballeda, Alfredo (2005)” La intervención en lo social”. Espacio- Buenos Aires

Castel , Robert (1997) La metamorfosis de la cuestión social- 4ta. Reimpresión, 2006. Paidós-Estado  Sociedad- Buenos Aires

De Ipola, Emilio (compilador) (1998) “La crisis del lazo social”. Eudeba- Buenos Aires- Argentina

Garretón, Manuel (1998) “La Sociedad en que vivi(re)mos” Revista Estudios Sociales N° 14. Editorial Universidad nacional del litoral- Santa Fe-Argentina

Rosanvallon, Pierre (1995) “La nueva cuestión social” Edit. Manantiales- Buenos Aires- Argentina

[1] Los riesgos  para Beck, significan, “acontecimientos futuros que es posible que se presenten, que nos amenazan… invaden nuestra mente y guían nuestros actos, resulta una fuerza política transformadora”. La materialización del riesgo produce una catástrofe, que está definida temporal y espacialmente.

[2] Manuel Garretón caracteriza los modelos societales, a partir de los tipos ideales, en términos weberianos

[3] Robert Castel “La metamorfosis de la cuestión social”(pag. 478)

Albor Cantard

9 de respuestas para “La cohesión social: continuidades y rupturas”

  1.  
    Carmen López- Portillo Romano· dijo:

    La Cultura y la educación como base de la cohesión social y de la construcción de ciudadanía

    “Porque –y desde un benemérito desasosiego- o buscamos las estrategias para construir una nueva dignidad para la política participativa y la legitimidad democrática de nuestras sociedades de los tiempos del “post” o tendremos que prepararnos a seguir sintiendo que estamos destinados trágicamente a un futuro que ya ha sido avistado, y todo hace pensar que no es cierto que funcione.”

    Silvana Carozzi

    Nuestras palabras, nuestras creaciones, nuestros afanes, vínculos e instituciones, nuestras motivaciones, inquietudes e ilusiones, nuestros valores y conductas, nuestro ser y nuestra libertad, la idea de la comunidad de la que formamos parte, la de nosotros mismos y la de los otros se despliegan en una cultura que los lee, los interpreta y les da sentido. Su nacimiento no es fortuito, no es un accidente sino que responde a una realidad, a fenómenos de distinta índole (geográficos, biológicos, demográficos, naturales, etc.), a problemas y crisis que se presentan en la historia de la comunidad, a la interacción de sus miembros, a las reverberaciones y ecos de las presencias otras, generando respuestas que dan razón de la realidad de manera suficientemente fundada como para imaginar el devenir, garantizar la sobrevivencia e inscribirse en el tiempo coincidente hasta crear un conjunto de representaciones y significados que, aprendidos e introyectados, influyen en el comportamiento de los miembros del grupo. No podemos negar la influencia de las circunstancias en la formación del pensamiento, de la cultura que las interpreta; no podemos negar tampoco que la cultura marca nuestra conducta e inspira nuestra libertad. Cada ser humano y cada sociedad en todos los momentos de su existencia histórica se enfrentan al desafío de entender su pasado, su devenir e interpretarlo, darle sentido y proyectarlo, de reelaborar su propio discurso, imaginar su futuro en el marco de la cultura que lo produce. Toda cultura es cultura de un grupo, de ahí que la historia cultural sea forzosamente social. Ninguna expresión humana es inteligible si no es dentro de la historia de la sociedad de la que surge, ninguna obra, ninguna idea aparece aislada, sino en diálogo con otras del pasado y del presente, propias y ajenas. La cultura implica entonces la conciencia de las diferencias significativas que distinguen a los seres y a las comunidades y que fundan la identidad, dándole lógica, coherencia interna y sentido e intención de permanencia. No hay cultura si no es compartida, no hay cultura si no se cultiva, no hay culturas estáticas.

    En la última década ha habido una reacción en contra del concepto de cultura como sistema en virtud de la lógica, la coherencia, la uniformidad derivadas, en virtud de que se le concibe como una estructura estática, que no cambia. Algunos estudiosos del tema insisten en que la cultura es una esfera de actividad práctica que se lleva a cabo a través de acciones enérgicas, relaciones de poder, luchas, contradicciones y cambios, y que pretenden hacer prevalecer una mirada sobre lo que acontece, sobre la manera como la gente vive su vida y experimenta y entiende el mundo que la rodea, una interpretación y una valoración del pasado y una proyección al futuro.

    Si bien ambas concepciones parecen contradictorias, pueden entenderse como conceptos que se complementan, como lo afirma William Sewell, quien dice que “una práctica cultural significa utilizar símbolos culturales existentes para alcanzar un fin. Puede esperarse que el uso de un símbolo cumpla un fin particular ya que los símbolos tienen más o menos significados determinados – significados especificados por sus relaciones sistemáticamente estructuradas con otros símbolos. Pero es igualmente cierto que el sistema no tiene existencia fuera de la sucesión de prácticas que lo actualizan, reproducen o lo transforman.”[i]

    De ahí que, si bien la cultura puede entenderse como un sistema coherente de símbolos y significados que pretende explicar el mundo en un tiempo y en un espacio definidos, también podemos concebirla como la esfera de actividad práctica que se expresa por acciones voluntarias referidas al sistema, y que interactúan, lo influyen y modifican. La cultura implica un conjunto de variables explicativas, de estrategias de acción, que animan el comportamiento del grupo retroalimentando a su vez la cultura. Debemos entender que la cultura no es una actividad o una práctica particular que se realiza en un lugar social determinado o que corresponde solo a parte de los miembros de la comunidad o que es una expresión privilegiada para especialistas o para una elite, o un entretenimiento o la expresión de una exclusiva clase social, sino la dimensión semiótica de la práctica social humana en general, es decir la manera en que los signos funcionan socialmente, cómo son organizados en sistemas tales como el lenguaje o códigos, cómo son producidos y diseminados. Los significados que la constituyen son forjados y reforzados por una multitud de diferentes contextos, lo que le da su carácter abierto, que permite no sólo leer la realidad desde la dimensión de esa mirada compleja, sino además poner en práctica un sistema de significación uniendo símbolos disponibles a circunstancias concretas. A través de este proceso el sistema se actualiza, modifica o adapta a nuevas circunstancias. La cultura es así una dialéctica de sistema y práctica. Si bien el sistema posee una coherencia real, es móvil, maleable debido a que la práctica lo interroga y lo transforma, debido a que la acción influye en la realidad que cambia y tiene que ser reinterpretada..

    A partir de esta idea es que puede pensarse la relación la cultura como la base de la cohesión social y como el ámbito que propicia la construcción de ciudadanía. Es por ello importante pensar la relación entre política y cultura. La política puede reforzar u oponerse a conductas y valoraciones de cara a ciertas construcciones sociales que definen los intereses y los términos de la inclusión y la exclusión. La cultura implica una lectura común y normativa del pasado que traduce, en el plano de las organizaciones políticas, esta mirada compartida de la historia, proyectando al futuro la concepción de la sociedad ideal que se desea compartida a fin de garantizarla.

    El deseo de pertenencia pareciera ser algo propio del ser humano, algo más instintivo que un deseo razonado, más un acuerdo involuntario que surge de sentimientos, simpatías u opiniones similares. Daniel Boorstin afirma que “cuando la gente acuerda, el esfuerzo para definir sobre lo que acuerda puede producir más conflicto que acuerdo. Definiciones precisas son muchas veces más el fin que el inicio de los acuerdos”[ii]. Así, “lo dado” es un mito político que expresa lo inexpresable y que funda la bondad de la convivencia y la posibilidad de la cohesion social a partir del sentido de pertenencia y su valoración.

    Desde la cultura, pues, se construye el conjunto de elementos identitarios que regulan un régimen de pertenencia y legitiman el ejercicio del poder y el marco normativo del que se derivan las relaciones sociales que se dan en un territorio dado y a partir del cual se definen desde la historia nacional o los días festivos, hasta el sistema educativo, o se decide el tipo de sistema político que resuelva de la mejor manera posible la vida de la comunidad, es decir estableciendo quién gobierna (como función de las diferentes teorías de la naturaleza humana y de la ciudadanía), en qué ámbito y bajo qué límites (como aspecto de la cuestión del gobierno limitado e ilimitado -totalitarismos- y de la extensión de un gobierno democrático, de cara a qué objetivos (como expresión del conflicto entre individuo y la comunidad –derechos individuales o justicia social), si por medios directos o indirectos (gobierno popular directo o de representación), y bajo qué condiciones y limitaciones (como síntesis del problema de los prerrequisitos socioeconómicos y culturales de la democracia, incluyendo la estructura de clases de la sociedad). La cultura implica entonces también la forma de mediación entre los miembros de la comunidad, establece la comunicación y funda la comunidad desde la posibilidad de compartir experiencias y significados. Es a partir de la vida, de la vivencia, que la cultura puede ser descifrada. Toda historia es social y por tanto cultural.

    Es así que desde el propio sistema de significación un grupo elabora distintos marcos o códigos que sirven para garantizar su sobrevivencia e influir en la conducta de sus miembros a partir de una estructura de toma de decisiones que permite que los intereses se concilien y las decisiones se consensen y ejecuten de común acuerdo a partir de persuasiones y negociaciones que ponen en juego los valores que le dan sentido al grupo. Parece que una cultura común provee los fundamentos para una organización política más estable. Cultura y política son términos interdependientes para el mantenimiento del orden político. “La cultura –dice Bárbara Cruikshank- provee la reproducción regular de ciudadanos unificados, coherentes, y cuya conducta es predecible y obediente. La política cultural reproduce una población gobernable, trabajo que el gobierno solo no puede hacer a menos que quiera imponer una cultura unificada por la fuerza.”[iii]

    De ahí que la política parta de conceptos cuya significación es compartida, como por ejemplo la idea del bien común o de la voluntad general, la forma como se concibe la soberanía, o cómo se define al ciudadano, o al pueblo, es decir la manera en que se legitima el ejercicio del poder y la toma de decisiones; o la estructura de sociabilidad que lo garantiza y reproduce; o los criterios homogeneizadores, los denominadores comunes a partir de los cuales se definen las diferencias relevantes que marcarán los criterios de integración e identidad del grupo. Desde la cultura se elaboran también medidas comunes, correspondencias de escalas y proyecciones que permiten equiparar conductas y objetos, y que, desde el poder, se fijan para normar la convivencia y aspirar a la justicia, como sería el caso de la relación entre la moneda y la equivalencia con el trabajo o los bienes, o la manera en que se determinan las sanciones y las penas, o los criterios de justicia social a partir de los conceptos de justicia y libertad, de redistribución y solidaridad. Esta estructura de equivalencias, de escalas, de proyecciones permite construir y consolidad el sentimiento de justicia en el grupo y fortalecer la identidad.

    Repensar el concepto de cultura nos puede ayudar a entender sus efectos sociales, ideológicos y políticos, la manera en que ciertas conductas y valoraciones refuerzan o se oponen a construcciones sociales que propician la inclusión o la exclusión y por tanto la cohesión social. La cultura, la educación y el orden político se dan a partir de una relación de mutua dependencia.

    A partir de estas ideas parece claro que no puede entenderse la política y su praxis fuera del ámbito de la cultura, en realidad podría decirse que una de las expresiones de la praxis cultural es la política.

    El ser humano es un ser que vive en comunidad, que se agrupa, y este agruparse puede realizarse de muchas maneras, en tiempos y espacios diferentes, a partir de culturas diversas y obedece a un motivo y persigue una finalidad. Ese tránsito es lo que le da sentido. La experiencia histórica presenta al hombre ensayando mediante distintas formas de organización para lograr sus fines cuando éstos se hacen conciencia y acción. María de los Ángeles Yanuzzi afirma que “pensar la política en el contexto de las sociedades modernas –es decir, en sociedades fuertemente diferenciadas en su interior- exige necesariamente reconocer que el conflicto es co-constitutivo de aquélla, razón por la cual las diferencias deben constituir un momento fundante sobre el cual se asienta la conciliación que construye la unidad.” [iv] Hay que subrayar que la unidad no debe ser entendida como una propuesta totalizadora sino como unidad dialéctica producida –como lo dice Yanuzzi- a partir de la conciliación dinámica de las diferencias”.

    Es claro que el sustento de la política, los principios legitimadores del orden, tienen que reposar en cierta comprensión de lo humano y de la vida, a partir de la recuperación fecunda de aquellos valores que pueden oponerse a la barbarie y que la cultura significa y la educación promueve.

    Pareciera que el mundo moderno ha llegado a la conclusión de que la mejor forma de organización se da a través de la democracia, que implica, como lo sugiere Bobbio, no sólo la creación de un orden normativo que se somete a sí mismo a los principios generales y que tiende a la solución pacífica de las controversias, logrando el respeto riguroso de las reglas, el gobierno de las leyes por excelencia, sino el establecimiento de una base material que permita que tanto individuos como comunidades puedan satisfacer económica, social y culturalmente sus necesidades.

    De más en más la democracia se ejerce no sólo en el ámbito de la participación política sino en otros espacios. Es decir, se va dando paso de la democracia política en que se toma en cuenta al hombre sólo como ciudadano, a la democracia social en que es tomado en cuenta en función de los distintos papeles que cada hombre realiza en sociedad.

    Es decir se ha dado el paso de la esfera política a la esfera social, por lo cual se cree que las decisiones políticas tienen que estar en función de los requerimientos sociales. Eso significa que la democracia debe transitar de lo político a lo social. Se debe reconocer que ya no se trata sólo del ejercicio de los derechos políticos, sino de la posibilidad de participación en espacios distintos de los políticos. Esta participación se posibilita si la educación y la cultura son accesibles para todos, de tal manera que trasmitan una forma de ser y actuar que reconozca ciertos valores como fundamentales, como la libertad, el respeto a la dignidad de todo ser humano, el respeto a la diferencia, la tolerancia, y que brinden la formación adecuada para que cada persona pueda participar de la mejor manera posible en el quehacer de la comunidad y en la distribución de beneficios y responsabilidades, obteniendo el reconocimiento y los medios para vivir una vida buena. Se trata de propiciar el combate a la discriminación, la exclusión y la opresión, se trata de hacer que la cultura sea el límite también de la política, de manera que la ley no pueda contravenir esa cultura. “La estabilidad de nuestras democracias –dice Quiroga- reposa en la confianza acordada por los ciudadanos a un poder legítimo, esto es, a un poder político que estiman es la expresión de una autoridad justificada mediante el derecho legítimo.” [v]

    El sistema cultural debe ser, como lo señala Barry, un sistema, más o menos equitativo, de distribución de oportunidades. La democracia debe verse entonces, como algo más que una forma de gobierno que debe dar respuesta a quién y cómo gobierna, hay que dar razón de los fines y valores para cuya realización un determinado grupo político tiende a operar. “En la lógica democrática, dice Hugo Quiroga, el principio de resolución de las disputas es siempre el mismo: la utilización de medios pacíficos. Por eso, la democracia es el régimen político que está en mejores condiciones de solucionar los problemas a través de acuerdos.” [vi] Esto no significa que no existan tensiones, disenso y confrontaciones sino que “superando la dicotomía amigo/enemigo se acepte, como dice Quiroga, la diversidad de intereses y concepciones como algo inherente y positivo para la democracia y no como un mal que debe ser suprimido.” [vii] Debe hacerse además, como lo propone Bobbio, una distinción entre la democracia formal y la democracia social, sustantiva, basada en una cultura que defienda no sólo la igualdad de derecho, sino la igualdad de oportunidades, la igualdad cultural, social y económica, a fin de garantizar la mayor participación por un lado y por el otro la menor opresión posible, el menor grado de exclusión, de intolerancia, de indiferencia a la realidad del otro, de discriminación, de falta de respeto a la diferencia.

    Democracia y equidad están en la base de un mismo proyecto que debe solucionar el eterno conflicto entre justicia y libertad, y hacer posible la pertenencia moral a una misma comunidad que parta del respeto irrestricto a la dignidad humana. La justicia presupone una igualdad original así concebida, y vivirla y continuarla, es la tarea de la cultura y la educación. La democracia es pues una forma de ser que se trasmite por la educación de esos fines y valores que se reconocen como deseables para lograr la permanencia de la comunidad de la mejor manera posible, y también dota de las cualidades necesarias y suficientes para que la participación, con lo que implica de beneficios y cargas, responsabilidades y reconocimientos se dé de manera equitativa para el total de miembros de esa comunidad. “Es cierto, – como dice Quiroga- la política democrática es la política de saber convivir con el conflicto, admitiéndolo, sin dejar de aclarar que todo espacio común de entendimiento que sirve de marco para procesar los intereses divergentes no puede impedir el cambio o la acción.”[viii] La democracia implica entonces la aceptación y la vivencia de un sistema de significados que parte de la idea del ser humano arriba sugerida, así como de una forma de ser y de vivir en comunidad, que se actualiza gracias a la política y a la educación, que no debe entenderse como el cúmulo de conocimientos que nos son dados para dominar el mundo, y apoderarnos de él con el mero afán de poder, ni para utilizar o usar el mundo y a los hombres para obtener ganancias. La educación debe significar respeto por el ser del mundo y del otro, libertad, justicia, diálogo, amor a la verdad, capacidad de interrogación, responsabilidad. La educación no es aprender cosas, sino formarse como seres humanos éticos, aprender a asumirse como seres libres y por tanto responsables de la propia vida, individual y colectiva.

    Es claro entonces que en la base de la democracia está la cultura como ese sistema que le da sentido a esta forma de organización y que, a través de la educación, de la trasmisión del saber forme, en los integrantes de la comunidad, la capacidad de vivir como propios los valores recibidos. A través de la cultura y la educación las comunidades hacen conciencia lo que son y lo que quieren ser, ejercen su libertad, se identifican y se expresan, cultivan una forma de ser, se viven a sí mismas y se actualizan. Es entonces cuando la cultura no significa sólo teoría sino praxis, compromiso y forma de vida.

    1

    [i]

    [ii]

    [iii]

    [iv]

    [v]

    [vi]

    [vii]

    [viii]

  2.  
    Rafael Medina de la Cerda dijo:

    ALGUNAS REFLEXIONES ANTE EL DOCUMENTO
    LA EDUCACIÓN SUPERIOR Y EL CONOCIMIENTO
    COMO FACTORES DE INCLUSIÓN Y COHESIÓN SOCIAL
    La descripción de la sociedad en que vivimos que presenta este documento exige, a mi parecer, un cuestionamiento epistemológico pues da por sentado que el punto referencial de la cohesión social proviene de los análisis europeos y estadounidenses y no de una realidad latinoamericana cuyos referentes tienen una complejidad surgida de la fusión de culturas generadas secularmente.
    1. Desde una visión europea, la cohesión social aparece como una situación surgida de una cultura de derechos sociales. El presupuesto teórico es que la cohesión social sólo se vuelve probable a través del Estado que reconoce, proclama garantiza esos mediante leyes que generan cohesión social. En el Estado recae esencialmente la responsabilidad de asegurar, mediante sanciones legales, los derechos a esa cohesión social. Ésta, no es una propiedad de la “naturaleza humana” sino un constructo que puede facturarse, como de hecho ha sucedido con las guerras, las persecuciones, los genocidios, etc. a través de la historia.
    Desde esta referencia epistémica, la descripción que presenta el documento en cuestión, analiza los elementos que están socavando el modelo ”europeo” de cohesión social: nuevas incertidumbres que conducen a la fragmentación o a la desintegración social y que escapan ya al “poder” del Estado para garantizar los derechos económicos, sociales, civiles, culturales, políticos, entre ellos: la globalización, el debilitamiento de los centros de producción, la desaparición de la familia patriarcal, el individualismo “competitivo”, la migración de las “excolonias”, etc. Desde esta noción europea, un desplazamiento de la responsabilidad del Estado hacia otros “garantes” de los derechos (foros políticos, intervención del mercado, el “marketing político y centros mercantiles trasnacionales) generan nuevas situaciones que cuestionan el origen y la función política de la cohesión social.

    2. En la visión epistémica norteamericana, prevalece el mito puritano donde la cohesión social surge naturalmente en la sociedad civil, el mercado y las asociaciones entre individuos. La función del Estado consiste en velar por el orden y con aplicar las decisiones de la comunidad. La cohesión social no encuentra su fundamento en las garantías que ofrece el Estado, sino en la “ética” individual y en la fuerza del mercado como mecanismo de distribución del bienestar. Éste depende de la sociedad civil y de la movilidad socio-económica de los individuos cuyos méritos y esfuerzos son reconocidos por la sociedad misma.
    La cohesión social en esta visión norteamericana no pretende alcanzar los ideales europeos de igualdad y fraternidad desde la acción del Estado, sino busca generar aceptación social por el “status” cultural, económico, político, académico alcanzado: de ahí que surjan necesariamente no-inclusiones por cuestiones lingüísticas, raciales, o “de origen” (indios, negros, hispanos).

    En ambos referentes –el europeo y el norteamericano- se puede sostener que la “modernidad” y la “posmodernidad” se ven amenazados por nuevas circunstancias, particularmente por el desempleo, la crisis económica, la invasión del mercado asiático… que rompen sus paradigmas: el europeo asentado en la “legalidad” y la fuerza del Estado, y el norteamericano que sostiene que la cohesión surge de estructuras básicas que organizan naturalmente a la sociedad y se refuerzan mediante la distribución del bienestar surgido de la acción de la misma sociedad.

    La cohesión social en América Latina y concretamente en México, a mi parecer, no puede analizarse con los mismos presupuestos epistemológicos porque los puntos de partida de nuestra realidad social y cultural son diferentes:
    1. Un mestizaje fuertemente marcado por una cultura indígena subyugada pero subyacente, algunos de cuyos patrones de cohesión social subsisten.
    2. Una fuerte penetración de la religión católica fruto de la evangelización que, si bien encuentra una especie de simbiosis que integra prácticas religiosas prehispánicas, se unifica en símbolos poderosos (Virgen de Guadalupe, Bandera Nacional, Himno nacional) que producen una cohesión social “intermitente”.
    3. Modelos “paternalistas” de autoridad: patronazgo, populismo, caciquismo legitimados mediante el intercambio de favores y un fuerte sentimiento de lealtad.
    4. Ejercicio del poder para someter individuos y grupos sociales al margen de los compromisos y garantías de los derechos humanos fundamentales.
    5. Corrupción que ha conducido a ineficiencia económica y cultural.
    6. Migración interna hacia las ciudades: pérdida del sentido de pertenencia a localidades o grupos sociales, hacinamiento en pobreza, nuevas estructuras sociales aglutinadas territorialmente sin objetivos comunes (favelas)
    En estas circunstancias, el análisis de la cohesión social presenta realidades muy diferentes a las europeas y a las norteamericanas:
    1. El Estado no representa ni el agente ni el garante más importante de la cohesión social.
    2. Tampoco la sociedad civil ni el mercado logran distribuir elementos de bienestar sobre los cuales se pueda fincar la cohesión social, por más que surjan algunos movimientos sociales, por ejemplo, en defensa de los derechos humanos y sus correlatos.
    3. Las grandes diferencias económicas, culturales, sociales (ciertamente incrementadas por las crisis y el desempleo) siempre han existido y en años recientes profundizadas.
    4. La creciente urbanización generadora de mega-ciudades y el papel incierto de los gobiernos locales.
    Por otra parte, el crecimiento urbano y la migración, la fuerte penetración de los medios de información, las nuevas posibilidades de comunicación con los instrumentos nómadas al alcance de estratos muy pobres de la sociedad, la migración a Estados Unidos y Canadá (desde México y Centro América) y a Europa desde países de Sudamérica que mantiene vínculos afectivos y efectivos ($) con sus familias no migradas, la gran movilidad económica y a veces social generada por muchos factores no necesariamente benéficos (contrabando, tráfico de drogas y personas, etc.), las mutaciones en la constitución de la familia, el papel actuante de la mujer, entre otros, constituyen factores novedosos que alteran las estructuras tradicionales de cohesión social.

    En América Latina parece que el tejido social que sustenta la cohesión se basa tanto en la cultura que tradicionalmente ha marcado a la sociedad manifestada en expresiones de afecto y cortesía, como en la reciprocidad que se articula en instituciones como la familia extendida, la comunidad formada por vínculos geográfico espaciales (parroquia; barrio; “vecindad”; edificio; uso común de espacios lavaderos, tendederos, tiendas…) vinculados a ciertas formas de organización local.

    Hay que reconocer que existen otras causantes similares a las europeas o norteamericanas que también irrumpen en la transformación o ruptura de la cohesión social: individualismo galopante, competitividad desalmada, desempleo, inseguridad, acaparamiento de bienes, etc.

    Ante la dificultad de definir qué es la cohesión social, me parece acertada la definición (descripción) que de ella hacen Eugenio Tironi y Bernardo Sorj la capacidad dinámica de una sociedad democrática para absorber el cambio y el conflicto social mediante una estructura legitima de distribución de sus recursos materiales y simbólicos, tanto a nivel socio-económico (bienestar), socio-político (derechos) y sociocultural (reconocimiento), a través de la acción combinada de mecanismos de asignación como el Estado, el mercado, la familia, la sociedad civil y las redes comunitarias.

    En síntesis, la mirada hacia América Latina exige una “explicación” de esa realidad nacida desde esa realidad. Los parámetros europeos o norteamericanos corren por tanto el gravísimo peligro de interpretar realidades no existentes en AL sino en la mente de los “intelectuales”. Esto sucede permanentemente debido a las insistentes comparaciones surgidas desde algunos organismos internacionales cuyos parámetros no corresponden a la sociedad latinoamericana (mexicana) ya sea porque se desconoce el desarrollo social que ésta ha tenido en su breve historia (500 años) parte de la cual heredó patrones de comportamiento de sumisión y fractura social.

    Respecto a la EXCLUSIÓN, si se emplean los puntos epistémicos de partida anteriormente descritos, también es posible caer en apreciaciones que distorsionan la realidad: si partimos de la noción de inclusión social, podríamos entender la exclusión como un problema que va más allá de la estructura que impide a los individuos incorporarse a la lógica del sistema social dominante. Pero la exclusión, históricamente arraigada en AL, ha sido solapada porque va más allá de lo meramente estructural. Si en algunos momentos la tradicional exclusión cifrada en razas, orígenes étnico, sexo, patentes de nobleza o de estudios parece reconocerse y entrar en declaraciones de “guerra” (combatir el analfabetismo, acabar con la pobreza, luchar contra la segregación, etc. ) la falta de claridad en el término da pie para dejar fuera, relegados y asilados no sólo del bienestar sino también de los servicios y derechos declarados universalmente como inalienables a muchos individuos y grupos sociales, cuya diversidad e incremento san cada vez más injustos e inexplicables en sociedades que tienden a la democracia.

    Lo más peligroso de la exclusión es que las acciones gubernamentales y de quienes detentan el poder de facto las asumen como “normales” además de provocarlas: exámenes de admisión que resultan ser de “exclusión”, controles irracionales que coartan derechos, “subsidios” a la marginación y pobreza que mantienen el statu quo; fracturas sociales por razones políticas sustentadas en intereses particulares; posiciones dogmáticas en la solución de problemas; luchas irracionales de poder que afectan directa o indirectamente a una población “anónima” que la sufre; “robotización” de servicios informativos que ocultan y pisotean la dignidad de las personas.

    Como lo señala el documento, todo lo descrito exige un replanteamiento y búsqueda colectiva de procedimientos que permitan superar los caminos erróneos que fracturan a la sociedad y menosprecian al ser humano.

    Aquí es donde el documento en cuestión quiere llevarnos para que la Educación Superior asuma un papel activo capaz de regenerar el tejido social e impulsar su cohesión.

    Este papel no puede ser meramente reflexivo. A mi entender exige rompimientos conceptuales sobre asuntos fundamentales: Ser-humano, educación, participación social, acción política, investigación, prospectiva, vinculación, etc.

    Respecto a la educación, afirmo que ya no es posible dejar fuera el concepto de educación permanente como el camino asumido personal y colectivamente hacia la humanización. Esto presenta el problema de la “definición” de lo que significa “ser-humano”, pero no en abstracto sino en la historicidad real de cada persona y en el conjunto de personas que formamos la sociedad: familia, empresa, comunidad, escuela, etc.

    Ante la carencia de una “imagen-objetivo” del país que queremos y podemos ser configurada participativamente por toda la sociedad (con la menor exclusión posible) asumida como compromiso por gobiernos, empresas, individuos, grupos sociales: el empeño por la cohesión social es quimera, porque con quién o con qué nos cohesionamos (del latín: cum=con, junto con +hærere=tener conexión, formar un todo) y, sobre todo ¿para qué?
    Simplemente recuerdo que, si la universidad no está en la línea de la educación permanente, ¿qué puede hacer además de “denunciar” y lavar así su conciencia? Porque la Educación permanente es, entre muchas otras “cosas”,:
    • Un movimiento social generado por agentes educativos como “motores”;
    • Una construcción continua de la persona (individual y social);
    • Un enfoque para pergeñar y clarificar el rumbo hacia la “hominización”;
    • Una experiencia única e intransferible en la cual la persona –individual y social) hila su historia;
    • Un contenido que encierra una siempre nueva visión de la realidad personal, social y ambiental,
    • Un proceso de aprender a aprender y de aprender a convivir;
    • Un reto para usar toda la energía personal y colectiva para aprender a hacer, a ser, y a emprender a lo largo de la vida;
    • Una política como plan de acción para alcanzar la humanización de la historia personal y colectiva;
    • Un compromiso de todas las instancias públicas y sociales como espacio abierto al aprendizaje.
    Además, en el marco del Derecho a la Educación Superior, ya asumido por México como compromiso y como LEY con equivalencia Constitucional, corresponde en primer lugar al Estado y en consonancia a las Instituciones de ese nivel:
    • Hacer llegar a toda la población (sin exclusiones) los beneficios de la educación superior (no sólo los servicios).
    • Vincular su acción educadora e investigadora a la búsqueda de soluciones a los graves problemas que afronta la sociedad mexicana: pobreza, hambre, injusticia, ilegalidad, corrupción, agua, alimentación, basura (todos de diversos órdenes conceptuales).
    • Buscar nuevos modelos de educativos para ampliar su oferta de servicios.
    • Convertirse en el “cerebro” pensante de los que debieran ser “servidores públicos”.
    • Asumir ser la voz de los que no tienen voz.
    • Ser convocantes para la participación de la sociedad en el diseño del país que queremos y podemos ser.
    • Abrir espacios para la generación, promoción y difusión de la cultura permanentemente creada por el pueblo.
    • Entre otras muchas tareas que tejen lazos sociales, entrelazan anhelos comunes, despiertan sentimientos de felicidad, amor y fraternidad que se comparten.

  3.  
    Juan Luis Orozco, SJ dijo:

    Comentarios de Juan Luis Orozco, SJ, Rector del ITESO, a la ponencia “La cohesión social continuidades y rupturas”

    1. La ponencia aborda los temas centrales del tema, plantea un panorama amplio respecto a los problemas relacionados con la cohesión social e ilumina los aspectos más importantes del problema.

    2. La discusión sobre la crisis por la que atraviesa el tema de la cohesión social, puede ampliarse a un ámbito que dé sentido a la sucesión de crisis con las que se liga este problema, que también se exponen en el documento, aunque con posibilidad de relacionar los problemas planteados con un fenómeno mayor que es el agotamiento de las ideas del mundo moderno.

    3. En otras palabras, si se enfoca solamente a la cohesión social como el paradigma que explica el resto de crisis, el análisis puede ser incompleto o fragmentario, ya que los problemas de cohesión social son sólo un componente del mundo moderno y no la clave que lo explica.

    4. Para sostener lo anterior habrá que señalar, por ejemplo, que uno de los temas históricos recurrentes en la discusión sobre las mejores formas de gobierno, es el tema de la estabilidad social. El buen gobierno (ya sea este democrático, aristocrático, monárquico o mixto; si bien, en la ponencia se enfatiza la democracia liberal moderna) es aquel que produce un equilibrio ordenado y estable de la sociedad. Esta estabilidad es sinónimo de cohesión social. Es decir, desde la perspectiva de la filosofía política occidental, está primero la forma de gobierno y después la cohesión social que surge de ella. Esto nos llevaría a concluir que la cohesión social puede ser considerada un resultado y no un fin. Lo cual significaría que reconstruir la cohesión social, implica reconstruir los fundamentos políticos, económicos y culturales que la sustentan.

    5. En ese orden de ideas, vale la pena enfatizar que en la crisis del mundo moderno occidental, están en juego las principales ideas que han dado lógica a la unidad de la sociedad contemporánea: al tambalearse ideas como la de las libertad humana, la razón liberadora, el progreso indefinido, la igualdad ante la ley, la democracia liberal, el desarrollo industrial, la cohesión social se ve debilitada porque le faltan referentes que le den la sensación de tener “un proyecto común”, ya sea como humanidad, como nación o como comunidad. De ahí que, como forma de protección ante la ausencia de un paradigma civilizatorio que dé certidumbre al futuro, se tiende al individualismo (positivo y negativo) y al sectarismo ideológico, religioso, subcultural e incluso, mágico.

    6. El avance de la pobreza, el deterioro al medio ambiente y el acrecentamiento de la violencia, desaniman la disposición a la cohesión social moderna, que no está cumpliendo su función de conseguir una buena vida para todos.

    7. Desde esta perspectiva, si bien, como refiere la ponencia, se pierden los vínculos tradicionales de la solidaridad y de la inclusión, al deteriorarse los mecanismos sociales que las sostenían (el Estado de bienestar, la organización productiva que garantiza el empleo y la identidad cultural); surgen otros vínculos alternativos (políticos, económicos y culturales) a escalas que no son tradicionales para el mundo moderno: la localidad, la transnacionalidad y la globalidad. Estos vínculos recuperan temas del mundo moderno como el de los derechos políticos, económicos, sociales y culturales; modifican otros (como el paso de la ciencia monodisciplinar a la interdisciplina y la complejidad) y agregan temas nuevos como el del ecologismo, problemas que deberemos considerar en esta conversación sobre la cohesión social.

  4.  
    Felipe Portocarrero dijo:

    Notas para promover un debate sobre la cohesión social y el papel de las universidades

    Felipe Portocarrero Suárez
    Universidad del Pacífico

    1.- Cuando se habla de cohesión social, usualmente se hace referencia, por proximidad de sentido, a los conceptos de equidad, responsabilidad compartida e inclusión social. Los tres conceptos indicados han sido profusamente utilizados por académicos, políticos y la cooperación internacional. De ahí que su contenido tenga alcances distintos dependiendo de quién los esté empleando y con qué fines. Para saber de qué estamos hablando, conviene comenzar con una breve definición de sus respectivos contenidos:

    • El concepto de equidad está asociado a la idea de igualdad y justicia social en el acceso a bienes y oportunidades. En las sociedades contemporáneas, los Estados tienen la responsabilidad de proporcionar a sus ciudadanos los mecanismos para que puedan desplegar sus capacidades y decidir libremente sobre las opciones vitales que pueden ayudarlos a llevar una vida plena y activa. Dicho en los términos empleados en la ponencia de Albor Cantard, se trata de la búsqueda de la calidad de la vida o de la felicidad en las sociedades post-industriales.

    • La responsabilidad compartida es un concepto relacional que implica la existencia de ciudadanos libres y conscientes capaces de dar cuenta de sus actos ante sí mismos y los demás. Encierra, igualmente, el reconocimiento de que los ciudadanos tienen no sólo la posibilidad de elegir, sino también la obligación de asumir las consecuencias de sus actos sobre los demás y sobre el entorno del que forman parte. En la actualidad, la idea de responsabilidad se ha hecho extensiva al sector empresarial, cuyas iniciativas sociales pueden contribuir a la cohesión social. ‘No hay negocios prósperos en sociedad enfermas’, es la idea fuerza que mejor define este progresivo cambio de mentalidad que está experimentado la empresa privada.

    • El concepto de inclusión social tiene que ver con los procesos económicos, políticos y sociales mediante los cuales los ciudadanos pueden participar como agentes activos en la dinámica de sus respectivas sociedades. Sin integración (cohesión) social los individuos carecen de un sentido de pertenencia e identificación con sus comunidades. Si bien la pobreza es uno de los obstáculos más persistentes para lograr este objetivo, el concepto de inclusión social recoge una gama de factores más amplios que ayudan a comprender mejor cómo se puede evitar la exclusión y la marginación de amplios segmentos poblacionales.

    2.- América Latina representa una de las regiones del mundo más heterogéneas y con mayores niveles de desigualdad en el planeta. Las razones de ello tienen una antigua raíz histórica que se remonta a la época de la dominación hispana, cuya presencia estuvo asentada sobre prácticas racistas que no podía producir otra cosa que una precaria integración social. Esta ‘herencia colonial’ ha engendrado no sólo Estados patrimonialistas basados en la prebenda y el clientelismo, sino también sociedades con democracias débiles y ciudadanías limitadas en su acceso a servicios básicos de calidad como la educación, la salud y la vivienda. Si a ello agregamos que el crecimiento económico no ha producido empleos suficientes para amplios segmentos poblacionales, se comprenderá mejor la precariedad estructural tanto de la cohesión social como de la gobernabilidad democrática en la región.

    3.- Las políticas sociales educativas han adquirido una creciente importancia en las agendas públicas de América Latina sobre todo durante la última década. Enfrentan enormes desafíos para revertir viejos procesos históricos de marginación y para generar la equidad e inclusión necesarias para obtener una mayor cohesión social. Su diseño e implementación suponen una concepción en la cual el centro del esfuerzo debe estar en la construcción de ‘capacidades’ en la gente. Se trata de ‘capacidades’ que generen inclusión económica y, simultáneamente, un sentido de pertenencia a través del reforzamiento de la identidad cultural, esto es, cohesión social.

    4.- En el marco de una acelerada globalización, el mundo en general y la región latinoamericana en particular han experimentado un cambio cultural y político de incalculables repercusiones. Estamos asistiendo sin darnos cuenta cabal del fenómeno a lo que diversos autores han denominado una profunda ‘democratización de la vida cotidiana’ o una suerte de ‘revolución de los derechos’ que, a diferencia de los cambios ocurridos en la economía, no han recibido la suficiente atención. Aun cuando este proceso tiene un antecedente básico en la creación de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la amplitud del cambio en las expectativas individuales y colectivas sobre la forma en que se debe materializar en su vida cotidiana la ‘justicia social’ no tiene precedentes en la historia de la humanidad.

    5.- En un marco de creciente incertidumbre y acechantes riesgos globales, el papel de las universidades cobra una renovada actualidad en la medida en que a través de sus funciones docentes, de investigación y extensión incide en la formación de nuevos mapas mentales y actitudes entre quienes tienen en sus manos la responsabilidad de dirigir el cambio social. Si bien la educación superior ya no es el único locus desde donde se genera conocimiento en las sociedades contemporáneas, las universidades mantienen el compromiso de promover la creación de saberes pertinentes a los actuales desafíos de un mundo vaciado de sentido e hiper-individualizado.

    6.- El modelo social europeo (MSE) ha sido considerado como el rasgo más distintivo y apreciado de las sociedades que integran el viejo continente. De acuerdo con diversos analistas, los ingredientes de su emblemático aunque desigual desarrollo han estado asociados a la existencia de un Estado fuerte con altos niveles impositivos, a un sistema de bienestar que protege eficazmente a los más vulnerables y a una preocupación de sus gobiernos por evitar el ahondamiento de los diversos tipos de desigualdades que la dinámica económica y social engendra. Usualmente se ha considerado que los valores que sustentan este MSE tienen que ver, entre otros factores, con las mayores oportunidades y menores riesgos que tienen sus ciudadanos, con la búsqueda de la solidaridad y la cohesión social a través de intervenciones estatales directas, y con el carácter deliberativo que ejercen los diversos agentes en la toma de decisiones fundamentales para sus sociedades.

    7.- El reciente libro Europa en la era global (Paidós: 2007) publicado por el prestigioso sociólogo británico Anthony Giddens –exasesor de Tony Blair, autor de más de 24 libros traducidos a más de una treintena de idiomas, promotor de la controvertida Tercera Vía y actual profesor emérito de la London School of Economics and Poltical Science–, sostiene que ese esquema se encuentra en la actualidad sometido a múltiples desafíos y tensiones que ponen en peligro la seguridad y estabilidad que habían estado vigentes durante las tres últimas décadas. A lo largo de cerca de 300 páginas organizadas en siete capítulos, Giddens somete esta visión idílica de una Europa sin fisuras y problemas de identidad a una rigurosa crítica en la que abundan argumentos y datos que con seguridad despertarán encendidos debates. Se trata, según el autor, de una Europa multicultural en la que más del 30% de sus habitantes tienen o han superado los 50 años y se estima que la PEA disponible habrá disminuido en 20 % para el año 2035. De una Europa con una mayor diversidad cultural en la que son claras las transformaciones experimentadas en la estructura de las familias que, a su vez, se han traducido en mayores tasas de divorcio y menores tasas de matrimonios que en el pasado. Todas estas son transformaciones sociales que no han atraído la atención suficiente de los analistas, pero cuya magnitud es tan amplia y profunda como la que ha ocurrido en el ámbito económico.

    8.- A la luz de este nuevo escenario, ¿qué orientaciones de política pueden desprenderse de aquellos Estados que han obtenido mejores resultados y que, en consecuencia, arrojen aprendizajes cuya aplicabilidad tenga una cierta pertinencia para América Latina? En primer lugar, todo modelo social eficaz deberá otorgarle prioridad al crecimiento y al empleo: cuanto mayor sea el número de personas ocupadas, mayor será la disponibilidad de fondos para destinar a inversión social y protección social. En segunda instancia, es necesario ‘proteger al trabajador, no el puesto de trabajo’, es decir, se requiere que los mercados de trabajo sean flexibles, aun cuando esta idea tenga mala fama. No se trata, afirma Giddens, de despojar a los trabajadores de sus derechos laborales ni que el Estado abdique de intervenir en la regulación de las condiciones de trabajo y en la promoción de la justicia social, núcleo central del nuevo MSE; se trata, más bien, de una ‘flexiguridad’ que concilie la protección social con la adaptabilidad al cambio y que esté adecuadamente alineada con la diversidad de opciones vitales a las que aspiran los ciudadanos en las sociedades modernas. En tercer lugar, si se quiere modernizar el MSE es necesario invertir en educación, expandir las universidades y difundir las tecnologías de la información. En la actual ‘economía del conocimiento’ la constante calificación educativa resulta imprescindible y, por eso mismo, las universidades cumplen una función esencial. En cuarto lugar, los valores de la (cohesión) inclusión social y de la igualdad deben de ser promovidos mediante fuertes inversiones en educación infantil y primaria, las que, al crear capacidades en etapas claves del ciclo vital, permitan reducir los niveles de pobreza infantil. En quinto lugar, los sistemas de pensiones requieren ser reformados, de manera que las personas de mayor edad sigan trabajando más años porque en la actualidad la ‘vejez’ no es más un factor de incapacidad para poder laborar. Finalmente, el MSE debe descentralizarse y diversificarse en el marco de una reforma amplia de los servicios públicos que el Estado provee.

    9.- A través de los conceptos de equidad, responsabilidad compartida e inclusión social, la idea de cohesión social ha tenido trayectorias y evoluciones diversas en Europa y América Latina. El intercambio de experiencias entre ambas regiones del mundo puede ser una valiosa fuente de aprendizajes recíprocos.

  5.  
    CARMEN B. LÓPEZ-PORTILLO ROMANO dijo:

    Comentarios de la ponencia La cohesión social: continuidades y rupturas
    Cuando hablamos del Estado, no necesariamente tendremos que referirnos al concepto de nación. El estado-nación, propiamente dicho, surgió a principios del siglo XIX y alcanzó su apogeo en el curso del siglo XX. Sin embargo, a pesar de que este concepto tiene una acepción muy amplia que abarca, en el acervo cotidiano cualquier modo de organización estatal, estamos viviendo el debilitamiento del Estado-nación debido a la globalización económica. La transformación de los estados nacionales a comunidades económicas como la europea, difumina o hace más tenue el sentimiento de pertenencia y de solidaridad entre un grupo de personas. Hablamos, no sólo de una transformación, económica, si no de una geopolítica.

    Es importante entender el significado de nación con objeto de entender también el concepto de pertenencia que provee a los individuos la identidad. Este concepto se conformó como la colectividad forjada por la Historia y determinada a compartir un futuro común. Esta historia es soberana y constituye la única fuente de legitimidad política. Dicha conceptualización dio vida al Estado-nación a finales del siglo XVIII y fue el fruto del movimiento de ideas que se desencadenó con el Renacimiento y culminó en el Siglo de las Luces. Con ello se inició un proceso de estructuración institucional de las comunidades nacionales que se propagaría por toda Europa y el continente americano en el transcurso del siglo XIX, y se ampliaría a escala mundial en este siglo, con el acceso a la independencia de las antiguas colonias.
    El Estado, concebido como Estado-nación atraviesa por una crisis, existen múltiples factores desencadenantes. Mencionaremos, por ejemplo, el choque petrolero de principios de los setenta que, en la realidad, ocultó un conjunto de transformaciones aun más profundas de la economía mundial. Estas transformaciones provocaron un proceso de paralización del Estado de Bienestar en el mundo occidental, mientras que la internacionalización del capital comenzaba a afectar en su raíz el asentamiento histórico del Estado-nación.
    El papel del Estado como promotor y garante del bienestar, se ha visto directamente afectado por las múltiples transformaciones que se han dado a partir de los sesenta. En primer lugar, su capacidad para planificar y promover el desarrollo es afectada por la imprevisibilidad del entorno económico. Las políticas económicas y sociales se reducen a procesos de ajuste y gestión a muy corto plazo, condicionados por la búsqueda de equilibrios financieros y contables. En segundo lugar, el Estado también ha perdido su función de promotor del crecimiento y el empleo, pues ya no puede regular la demanda y la inversión. La imposibilidad de aplicar esquemas keynesianos, tanto a causa del agotamiento del modelo de consumo, como por la tendencia creciente de las empresas a privilegiar las inversiones en tecnología y capital, ahorrando mano de obra, impide cualquier tentativa de regulación de la actividad económica y por restablecer el pleno empleo. En tercer lugar, el Estado ha perdido también sus funciones de redistribución de los ingresos y moderador de las tensiones sociales, por estar obligado a recortar los gastos públicos y desmantelar los sistemas sociales. Los desequilibrios económicos y financieros surgidos en los años setenta y la acentuación del contexto deflacionario en que se ha movido la economía mundial a finales del siglo XX, pesan cada día más sobre la capacidad tributaria de los Estados, lo que resulta en un círculo vicioso de la deuda, del saneamiento financiero y de los recortes sociales. Como consecuencia de este triple proceso, se puede afirmar que el Estado de Bienestar ha entrado en estado de crisis, al no poder mas asumir sus funciones de promotor del desarrollo, regulador de la actividad económica y mediador de las tensiones sociales. Al mismo tiempo, el Estado-nación se vuelve obsoleto al no servir más de soporte para la expansión de un capital en fase de internacionalización acelerada, ni de marco institucional para la elaboración de los compromisos sociopolíticos. La crisis del Estado de Bienestar y la crisis del Estado-nación son así dos caras de un mismo proceso, donde el Estado no puede más, asumir sus funciones socioeconómicas mientras que se encuentra marginalizado en el contexto de la mundialización del capital.
    En el Estado de Bienestar en el mundo occidental, se desagregaron los sistemas y mecanismos que tenían como fin promover el desarrollo, regular el crecimiento y el empleo, y garantizar tanto el acceso a los servicios básicos como la protección social.
    La desarticulación de las economías nacionales y el retroceso de los mecanismos de protección social, que respaldaban la solidaridad nacional, socavan la legitimidad del Estado en el mismo momento en que la ofensiva ideológica neoliberal ataca sus fundamentos socio-políticos. Mientras tanto, las referencias culturales de los pueblos –y sus sistemas de valores– son agredidos por la penetración cultural del modelo dominante y los valores asociados a este modelo.
    Resulta indispensable, a partir de esta crisis crear nuevamente espacios de solidaridad y de identificación internacionales o transfronterizos. El resurgimiento de los conflictos que llamaríamos de identidad, resulta, por lo tanto, del renacimiento de las aspiraciones comunitarias frente a un mundo globalizado y a Estados-naciones cuestionados y despojados de gran parte de sus funciones.
    Tenemos que tomar en consideración la reivindicación de la identidad y reconocer el derecho a la identidad, implícito en la Carta de las Naciones Unidas, en la que se reconoce el derecho de los pueblos a decidir por sí mismos.
    A propósito de la educación.
    La función conferida al Estado en el campo de la educación tiene un significado muy importante. La educación ha contribuido a la consolidación del estado pues se le atribuyen funciones tales como las de integración de los distintos grupos sociales, culturales y étnicos, la creación de una identidad nacional y la legitimación del poder del Estado. Funciones que llevan a efecto la dirección cultural e ideológica de la sociedad.
    En el momento de intentar aplicar el concepto europeo de Nación a la realidad de los países iberoamericano, en el siglo XIX, tiene lugar una controversia, dado que en América Latina la unidad nacional consistiría prácticamente sólo en la centralización del aparato estatal y en una instancia simbólica. A diferencia del modelo europeo, en el que encontramos el acceso más o menos generalizado a la propiedad o a la participación política. Dentro del contexto americano, el análisis de la política educativa cobra una enorme relevancia como medio para la generación del consenso.
    Es en este panorama que surge el discurso del patriotismo, unificador, incluyente e identitario, mismo que llegó a convertirse en verdadero proyecto nacional. Tal fue su arraigo que incluso en muchos países los grupos medios, en el transcurso de su marcha hacia el poder, lo fueron elevando al nivel de una ideología política superior. En los países latinoamericanos la educación pública difundía contenidos nacionalistas y patrióticos.
    Otro concepto importantísimo imbuido a través de la educación, es el de ciudadanía que se basa en el cuadro ideológico que muestra una sociedad compuesta por una masa de individuos iguales. Estos referentes simbólicos de la identidad nacional y de pertenencia se construyen y se reproducen en el interior de las diversas instancias de socialización: familia, iglesias, las instancias educativas, las tradiciones orales y literarias y, los medios de comunicación.
    En el panorama global, las relaciones entre países, o específicamente entre bloques de países, han configurado nuevos esquemas, pero estos siguen siendo tan asimétricos como siempre. La embestida neoliberal ha agudizado las viejas desigualdades con el apoyo del desarrollo tecnológico. En este punto en específico el papel de las universidades parte de la disyuntiva entre función y finalidad, que se dio a principios del siglo XX.
    La Universidad ha sido vista como una fuente de abasto de fuerza de trabajo para el sector económicamente productivo. Sin menospreciar esta función, habría que subrayar que no sólo este sector requiere de los universitarios y habría que dirigir, de manera prioritaria, los esfuerzos en la docencia, la investigación y la difusión en las IES, a resolver las carencias de las mayorías excluidas.
    Al hablar de las funciones de las IES en la conformación actual del mundo, necesariamente tenemos que mencionar el compromiso social, en el que las escuelas fungen como agentes generadoras de conciencia y acción. El docente, como actor participativo del proceso educativo, debe definir un compromiso profundo y permanente con sus alumnos y con su práctica. Este compromiso debe responder a lo que la realidad le demanda, en favor de la formación de los estudiantes, de la formación de la sociedad y la cultura; compromiso que implica una toma de conciencia.
    Un panorama más económico que social lo constituye el concepto de cohesión social. En América Latina se puede argumentar que el concepto de cohesión social se construye desde la participación del Estado, buscando la equidad a través de una redefinición posible del patrón de desarrollo que propicie, no sólo crecimiento, sino inclusión social. Como hemos visto la figura del Estado como la conocemos ya no es pertinente.
    Para que las IES desempeñen una función que propicie el compromiso social, debemos incluir una postura humanista, que situé al ser humano como valor y preocupación central; que afirme la igualdad de todos los seres humanos y que reconozca la diversidad personal y cultural. Esta postura debe tender al desarrollo del conocimiento por encima de las verdades consideradas como absolutas, afirmando la libertad de ideas y creencias, repudiando la violencia y manteniendo una relación consciente con la naturaleza.
    El papel de las IES es claro en este nuevo orden, retomemos el humanismo como la vía o el recurso más idóneo de contribuir en la formación del ser humano, formación que implica necesariamente el compromiso social.

  6.  
    Ricardo Motta Miranda dijo:

    Comentário de Ricardo Motta Miranda (Reitor da UFRRJ) sobre o tema “La educacíon superior y el conocimiento como factores de inclusión y cohesión social” a partir do texto de Albor Cantard “La cohesión social: continuidades y rupturas”. 29-01-2010

    É tempo de colocar em prática o conceito ambientalista de pensar globalmente e agir localmente lato senso. Neste sentido, vivemos o momento de radicalizar o princípio do sociólogo brasileiro Herbert José de Sousa, conhecido como Betinho (*03/11/1935 – †09/08/1997), “quem tem fome tem pressa”, em todos os níveis da área da educação. A maioria da população dos países em desenvolvimento tem pressa de saciar sua “fome” de justiça e equidade social. A universalização educacional não pode ser mais uma utopia em programas governamentais e sim uma responsabilidade de Estado e, sobretudo, de todos os cidadãos conscientes.
    A educação superior tem um papel protagonista neste desafio. A indissociabilidade do ensino, pesquisa e extensão no fazer da Universidade também precisa ser radicalizada, sob pena de comprometer sua responsabilidade com a formação cidadã plena, especialmente no contexto das Universidades públicas.
    O último parágrafo do texto de Albor Cantard expressa plenamente o corolário dos debates em torno do tema central:

    “ Y es en este sentido. que las Instituciones de Educación Superior renuevan sus esfuerzos institucionales y académicos, tomando como referencia lo expresado en la Conferencia de la Educación Superior para América Latina y el Caribe (Cartagena de Indias, 2008) y en la Conferencia Mundial de Educación Superior (Paris, 2009), en contribuir de manera efectiva a superar todo tipo de exclusión, marginalidad y pobreza, con la firme convicción que sólo es posible alcanzar un desarrollo humano y sustentable si se logra construir una sociedad inclusiva y con plena cohesión social.”.

    A ação universitária em gerar e transmitir conhecimento não pode se apequenar. É totalmente compatível a busca incessante pelo avanço da ciência, da tecnologia e da inovação, através do fazer universitário, com uma formação para o pleno exercício da cidadania. Assumir esta responsabilidade, envolvendo suas comunidades, é dever dos dirigentes universitários. Nos países em desenvolvimento, a começar pela América Latina, muitas Universidades já exercem, na prática, a função de agências de desenvolvimento local, através de seus Parques Tecnológicos, Incubadoras de Empresas, Museus ou Centros de Memória, Emissoras de Televisão e Rádio, Centros de Arte e Cultura, Hospitais, Unidades de Produção Agropecuária, dentre outras atividades e programas sempre integrados ao ensino, à pesquisa e à extensão.
    A Universidade pró-ativa, pensando globalmente e agindo localmente, precisa ter pressa em contribuir de forma decisiva para a formulação de políticas públicas e para a inclusão social, tendo como meta o equilíbrio federativo e a construção efetiva da cidadania para todos.

    Ricardo Motta Miranda – Rector de La Universidad Federal Rural de Rio de Janeiro
    rmottam@ufrrj.br gabinete@ufrrj.br aint@ufrrj.br
    http://www.ufrrj.br

  7.  
    M.A. Candita Victoria Gil Jiménez dijo:

    Las Universidades como Factor de Cohesión Social

    M.A. Candita Victoria Gil Jiménez

    Independientemente de las diferencias históricas y culturales entre el modelo social europeo y el latinoamericano, que tan acertadamente se analizan, el documento cuya lectura compartimos nos invita a reflexionar y elaborar propuestas sobre los aportes y el compromiso actual de la educación superior a favor de la cohesión social, en la medida que ésta puede considerarse uno de los mecanismos que promueven la integración, el desarrollo sustentable y la estabilidad, que han promulgado los grandes pensadores hispanoamericanos liberales desde el siglo XIX y XX: Andrés Bello, Domingo Faustino Sarmiento, José Martí, Justo Sierra, José Vasconcelos y Paulo Freire, entre otros grandes educadores de nuestro continente.
    El texto nos remite a los debates clave: ¿Qué nos toca hacer en esta complejidad, cómo deben de actuar las Universidades para establecer anclajes y desarrollar una educación para todos en la diversidad, cuáles son las estrategias para pasar del pensamiento incluyente y las acciones aisladas a un sistema que nos permita convivir socialmente?
    Si aceptamos, como propone la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), que la cohesión social implica una dialéctica entre los mecanismos de inclusión y las percepciones y respuestas de la ciudadanía, es claro el papel de las universidades como espacio interno para generar condiciones de inclusión, y su influencia en la postura ideológica del capital intelectual que está formando.
    Las Instituciones de Educación Superior (IES) están en posibilidad de favorecer la integración al ejercer con equidad su función sustantiva de formar profesionales que conllevan un bagaje axiológico y han desarrollado sentido de pertenencia a una comunidad que le ofrece mayores oportunidades de bienestar, sin embargo este ejercicio es limitado. Como apunta Axel Didriksson (2000), “Se ha alcanzado ya la evidencia de que es posible que una sociedad se reconstruya desde el plano de un nuevo desarrollo sustentado en la ciencia y la tecnología, en nuevos conocimientos y aprendizajes sociales con perspectivas estratégicas, si se realizan cambios profundos en las instituciones y el Estado.”
    Entonces, nos preguntamos ¿Cómo ampliar el ámbito de influencia de las Instituciones de Educación Superior? ¿Cómo lograr que las autoridades gubernamentales retomen los análisis políticos y económicos, y lleven a la práctica las propuestas que generan los investigadores y los grupos colegiados dentro de las universidades? Porque sólo así será posible incidir para alcanzar una mayor cohesión social con la integración y equidad que esto implica, pero esencialmente, contribuir a crear una sociedad mexicana fundada en el humanismo, la solidaridad y la conciencia nacional.
    Desde luego, esta labor no resulta fácil, América Latina enfrenta una realidad económica y social que expone lo vulnerable que somos y el hecho de que hasta el momento, las acciones han sido insuficientes para abatir el desempleo, la pobreza, la intolerancia, la violencia, la inseguridad, la destrucción de los ecosistemas; rasgos que persisten y dan cuenta de sectores con amplias desigualdades.
    La situación se agrava ante el aumento de la población juvenil de las últimas décadas y el que se prevé para los próximos años en países en desarrollo (se considera que en México la población total se estabilizará entre 130 y 150 millones hacia mediados de siglo). Nos hallamos ante una bomba de tiempo demográfica que implica la urgente necesidad de generar mayores tasas de crecimiento y conjugarlas con equidad para brindar oportunidades a un mayor número de ciudadanos.
    Al parecer, nuestro trabajo se desarrolla en dos frentes. Por una parte, tenemos el quehacer que se realiza cotidianamente para extender los servicios educativos a una mayor población que incluya jóvenes y adultos jóvenes de los sectores menos favorecidos. Esto a partir de los recursos que todos conocemos; modelos educativos flexibles, sistemas de educación abierta y a distancia e incremento de becas, al mismo tiempo que se multiplica la vinculación con las esferas empresariales y de servicios, a fin de establecer facilidades para prácticas profesionales y la inserción equitativa de los egresados en el ámbito laboral.
    El otro aspecto se refiere a una mayor cohesión entre las IES para constituirnos en una fuerza de pensamiento y acción que adquiera más presencia ante los sectores sociales, la iniciativa privada y los organismos gubernamentales. Esto implica multiplicar las redes de colaboración interinstitucional, reforzar las propuestas de organismos como CUMex y la ANUIES para destacar la importancia de las funciones que se desempeñan en las universidades, mantener la autonomía y lograr el respeto a planes educativos transexenales. No es posible dejar de lado que: La racionalidad de nuestra época es en esencia la del conocimiento. El criterio que articula al todo social es el del saber y las instituciones donde se produce, transmite y difunde el saber adquieren un protagonismo mayor. (Barnett 2000).
    En el mismo Blog de Universia, Andrés Pedreño comenta que, fuera de las universidades “Ninguna institución u organización posee más potencial para mejorar la condición humana, promover el progreso social sostenido y el crecimiento económico, y brindar a la sociedad las herramientas necesarias para una mejor administración planetaria”.
    Sin embargo, es indispensable incrementar estas fortalezas. Para que la educación superior pública en México continúe siendo la punta de lanza que revierte las condiciones generacionales de pobreza de los sectores marginados, y la impulsora de la cultura y el humanismo que nos identifican.
    Además de hacer extensiva su oferta a los posgrados, porque el avance de la tecnología y la sobreoferta de profesionales calificados, han dado lugar a una gran competencia por cada puesto laboral, de modo que los empleadores pueden, y tienden, a seleccionar los perfiles académicos más altos.
    También debe intensificarse el esfuerzo de las IES por presentar una imagen de mayor impacto, credibilidad e influencia en la opinión pública, lo que debe traducirse en una fuerza de negociación ante las autoridades que determinan las políticas y el financiamiento dedicado a la educación.
    Se trata de acciones indispensables e inaplazables para promover una mayor equidad que si bien, no será determinante para lograr la mayor cohesión social que se busca, si habrá de contribuir a fortalecer la democracia mediante la mejor distribución del conocimiento, la información, la comunicación y la cultura. Además, de esta manera seguiremos fieles al pensamiento y los ideales de quienes sembraron y promovieron los sistemas educativos en hispanoamérica hace dos centurias.

  8.  
    MTRO. ARTURO SALGADO URIÓSTEGUI dijo:

    Tema 1: La Educación Superior y el conocimiento como factores de inclusión y cohesión social.

    Se ha dicho con frecuencia que la solución adecuada a los más relevantes problemas del mundo es la Educación, las sociedades deben estar preparadas para afrontar los retos de las naciones de primer mundo, la Educación Superior en México debe intentar responder a los patrones internacionales y la dinámica de los procesos de globalización económica. Estos procesos de globalización, arrastrarán consigo tendencias hacia la organización posmoderna y la sociedad del conocimiento para apuntalar un proyecto hegemónico de sociedad global que de sustento al mercado global y a una democracia global.

    Hoy en día, los diversos niveles del conocimiento adquieren mayor importancia. Los niveles básicos (preescolar, primaria y secundaria) son el inicio de todo un proceso que concluye en el nivel superior (bachillerato y profesional), que son la base del desarrollo exitoso, concluir con estudios que nos permitan vencer retos y desarrollar habilidades técnicas, acordes a la aplicación de herramientas encaminadas hacia la consolidación de sistemas económicos, políticos y sociales cada vez más sólidos.

    Los datos en nuestro país no son nada de lo que podamos sentirnos orgullosos; ya que nuestros egresados del nivel profesional (en un porcentaje importante) no se incorporan a la actividad productiva para la cual se prepararon.

    De ahí la importancia que tiene el hacer de las Instituciones de Educación Superior verdaderas fuentes de conocimiento, y la importancia que tiene también el que estas instituciones se involucren más en la dinámica de sus entornos, que atiendan agendas nacionales de importancia, que mantengan una estrecha y necesaria vinculación con el Sector Productivo, de manera que los alumnos puedan practicar sus conocimientos adquiridos en las aulas y se adquiera el compromiso de abrir espacios laborales para el egresado.

    Esto implica trabajar arduamente en inversión en equipamiento, infraestructura y los recursos de apoyo académico, principalmente bibliotecas, centros de información. El tema de retos y compromisos es muy amplio, hablar de cobertura, equidad, competitividad académica, evaluación, calidad, capacidad, desarrollo de líneas de generación, entre otros temas, forman parte de esos grandes retos que tiene la Educación Superior en México.

  9.  
    Enrique Cabrero dijo:

    Es innegable la importancia que tiene el debate sobre la definición de los propósitos que deben perseguir las instituciones de educación superior y por lo tanto la determinación de las actividades que serán consideradas como prioritarias. Esta discusión, que en esencia replica la complejidad que representa identificar los fines de la educación en cualquier nivel, adquiere todavía mayor relevancia cuando tiene lugar en países o regiones que registran ingentes desigualdades en la distribución de oportunidades educacionales.

    La inequitativa distribución de oportunidades educacionales que se observa en América Latina (particularmente en los niveles de educación media y superior), podría ayudar a explicar las expectativas que se reportan con respecto a la participación de las universidades y centros de investigación en la solución de problemas públicos, las cuales son resultado no solamente del costo de oportunidad asociado a la decisión de apoyar al nivel educativo con el menor número de estudiantes que proviene de los deciles de ingresos más bajos, sino de la urgencia que existe por encontrar soluciones a problemas sociales complejos a través de la producción académica y el uso efectivo de conocimientos especializados. Ante las expectativas generadas y el tamaño de los problemas públicos por resolver, si las instituciones de educación superior se ven envueltas en discusiones bizantinas, optan por la comodidad de la inacción o bien por el aislamiento asumido como una condición para garantizar una producción académica “objetiva”, se estarían ignorando las necesidades sociales de largo plazo y se pondría en riesgo la viabilidad de los sistemas democráticos.

    Si asumimos que uno de los fines primordiales de la educación superior es proveer las habilidades sociales y conocimientos necesarios para lograr una convivencia pacífica y productiva, en igualdad de condiciones y con plena libertad (en el sentido más amplio del concepto), en principio no habría mayor contradicción con la perspectiva del Dr. Cantard con respecto a que las instituciones de educación superior tienen una función relevante para promover una mayor cohesión social en su acepción más simple, es decir, la de asegurar una participación libre e igualitaria de los ciudadanos, que a su vez idealmente se vea reflejada en una distribución más justa de oportunidades. Sin embargo, la pregunta clave en el texto del Dr. Cantard sobre cuáles serían las contribuciones de las instituciones de educación superior que permitirían lograr una mayor cohesión social, es el principal debate al que por urgencia debemos remitirnos.

    Por ejemplo, en un provocador trabajo que relata la historia del concepto de la justicia social en educación (Williamson et al., 2007), los autores identifican por lo menos dos conceptos que marcarían el tipo de intervenciones educativas por llevar a cabo para lograr una mayor cohesión social. Por una parte, el concepto de justicia social se podría relacionar con lograr una movilidad social de los alumnos a través de la asimilación, es decir, dotando a los estudiantes de las habilidades y conocimientos para aprovechar las oportunidades que presenta el sistema social, de manera que las escuelas serán el eje de integración y colaboración entre los actores sociales. Por otra parte, esta postura conviviría con una perspectiva en la que la idea de justicia social tiene que ver con la provisión de habilidades para que en un marco de respeto, los estudiantes sean capaces de resistir y cuestionar cualquier condición social o institucional que a su juicio sea injusta, ya sea expresada como discriminación o bien como una condición de iniquidad, de manera que se modifique el entorno y finalmente se logren condiciones más justas para la convivencia y movilidad de una mayor porcentaje de la población. Como puede observarse, por obvios que se consideren los beneficios o la pertinencia de contribuir a tener una mayor cohesión o lograr una justicia social (especialmente si se asume una postura progresista con respecto a los fines de la educación), el debate sobre el tipo de acciones a implantar en las instituciones de educación superior puede ser una discusión inagotable.

    Lo anterior no quiere decir que la inacción ante la complejidad de este problema sea el único camino. Por el contrario, resalta las limitaciones que tendrá cualquier camino elegido por los responsables de administrar las instituciones de educación superior en nuestra región, y por supuesto la importancia de iniciar un diálogo informado que permita encontrar los caminos más efectivos para contribuir a lograr una mayor cohesión y justicia social.

    Las opciones son diversas. Desde promover el rol de los investigadores como instigadores de cambio social (como explica Gary Orfield, el investigador académico no tiene votantes, ni necesariamente está a expensas de procesos políticos que le impidan cuestionar lo que desde su perspectiva deba cambiarse en la sociedad) hasta impulsar cambios en los contenidos y programas que permitan proveer de herramientas a los alumnos para lograr lo que Cohen (2006) señala como “mejores modales”. Sin embargo, desde mi perspectiva y con la intención de contribuir a la discusión de propuestas iniciales para responder a la pregunta del Dr. Cantard, tres aspectos llanos son de relevancia para que las instituciones de educación superior tengan un mayor impacto en la generación de mayor cohesión social: lograr una mayor eficiencia para garantizar un mayor acceso de la población a nuestras instituciones, promover por todos los medios el desarrollo moral y la sensibilidad social de nuestros estudiantes, y finalmente, mejorar la calidad de la instrucción para asegurar que nuestros alumnos tengan el desempeño esperado una vez que egresan de nuestras instituciones.